Lectura y Escritura

Una pluma azul

 

 

  

 

BITÁCORA DEL AULA - 18 de marzo de 2011 - BITÁCORA DEL AULA

 


Una visita inesperada

Una anécdota sobre el Cuaderno de Escritura Personal. Y algo más...

Por: Verónica Wiedrich

 

 

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La droga te vuelve esclavo. ¡Sé libre!


 

-La vi escribiendo en el pizarrón desde el colectivo y bajé para saludarla. Qué suerte que esta vez me

dejaron pasar, porque el año pasado vine a verla y la Directora no me dejó entrar.

-Qué bueno verte, le habrá pasado lo mismo que a mí, que no te reconocía, estás más alto y más delgado,

y con ese gorrito ni te veía la cara…

 

Mi exalumno había golpeado una sola vez la puerta del aula de 3º año donde yo estaba desarrollando un cuadro sobre estrategias de comprensión lectora. Había dicho “Pase” pero él no me había escuchado y se había quedado ahí, mirándome por el único espacio libre que permitía la cortina tras el vidrio, esperando

mi reacción. Y nada… Porque no lo había reconocido. Hasta que la Secretaria vino a avisarme que alguien me estaba esperando.

No habían pasado dos años desde la última vez que había visto a C, mi alumno que decía que yo era su

segunda mamá. Y él era mi hijo, claro, el único en ese momento, pues Nachito no era más que un sueño.

A pesar de que, desde la escuela, vive hacia el lado contrario que vivo yo, me esperó veinte minutos a que saliéramos y a las 5 y media de la tarde me acompañó diez cuadras caminando hasta la parada del colectivo

(hasta “mi” parada del colectivo) sólo para conversar. Yo no podía siquiera invitarlo una coca, al menos no ese viernes, en que mi Nachito estaba con sus abuelos desde antes de las 7 de la mañana y había que ir a rescatarlos de un bebé que ríe, camina sin cansancio y toca todo lo que no debería… Pero charlamos. C y

yo charlamos de la vida en ese año y medio laaaargo en que no nos vimos.

Y dolió.

Dolió saber que el año pasado lo pasó mal y necesitó verme y no lo dejaron entrar a “su” escuela. Había perdido mi número de celular. Yo también lo había pasado mal y estaba de licencia por maternidad,

(abatida y angustiada ante un mundo nuevo con un ser chiquitito y espectacular en los brazos, que fue paulatinamente abandonado por su papá a pesar de ser fruto de un embarazo buscado por ambos).

Dolió saber que el año pasado C consumió marihuana, nevados (como él me explicó), pasta base… Y que

algunos de sus compañeros, que habían formado parte de uno de los mejores grupos de alumnos que tuve

el placer de tener, fueron quienes lo introdujeron en “eso”. Y que él zafó, pero ellos siguen. Y que un día

acompañaba a los pibes a “traer” alguna motito, cuando la gendarmería los persiguió… Y menos mal que

no tenía antecedentes y que mi mamá me llevó a rehabilitación y a una psicóloga…Y ahora voy a la escuela, esa que está en la Estación…

Dolió saber que dejó embarazada a su novia y que la madre de ella se lo hizo sacar justo cuando me

estaba haciendo a la idea de ser papá.

Y dolió no estar. No estar en ese momento en que necesitaba, al menos, una charla, un desahogo. O

apenas unas palabras. Pero…

-Profe, ¿se acuerda de los cuadernos que usted nos hacía escribir? Yo lo seguí escribiendo siempre, era

como si me sirviera para descargarme, porque el año pasado hice todo mal, todo mal, pero ahora estoy

bien, ya salí. Pero sigo escribiendo ese cuaderno, por eso yo se lo quería mostrar, y justo la vi desde el colectivo y bajé y qué suerte que la encontré.

Y ahí es donde el dolor de la profe que siente que fracasó enseñando, (porque no enseñamos nuestra

materia y nos vamos a casa así nomás, enseñamos otras cosas, muchas otras cosas), se mitigó un poquito, nada más que un poquito, al saber que algo, una pizca de lo que les había propuesto en el aula había sido

útil, y más que eso, había sido necesario, y aún más que eso, había ayudado en un mal momento. Y le

conté que acababa de leer los primeros textos de estos nuevos alumnos que este año me tocaron en suerte, que ellos también empezaban a escribir sus cuadernos…

Y le mostré a C las fotitos de mi bebé que llevo en la carpeta y dijo: “Vio, profe, que siempre le preguntábamos por qué no tenía hijos, y ahora lo tuvo, es hermoso y lo tiene con usted”.

Y llegó el colectivo y nos despedimos apresuradamente hasta dentro de poco. Y puse las monedas con

movimientos mecánicos, mientras pensaba que a veces sí alguien hace una diferencia en tu vida, un

alumno en la tuya, o vos en la de ellos. Pensaba en que C me hizo sentir que lo que les damos, cuenta. Cuenta para la vida. Que a veces en un aula hay alguien que te toma en serio, que te enseña desde lo que

sabe y desde lo que considera es mejor para vos (aunque te parezca exigente) porque te respeta como

persona y no sólo como un número de estadística que ocupa un pupitre. Que los profesores tenemos que esmerarnos cada día más porque ellos están ahí para aprender algo de nosotros. Y que si sus maestros y profesores hubiéramos sido mejores, tal vez C no habría probado la droga ni cometido actos de los que después debiera avergonzarse. Tal vez.

Ya sé… También pensé que pasan pocas horas en la escuela, a comparación de las que pasan en la casa y

en la calle, y que la familia debe empezar a hacer su parte (que es primordial, imprescindible e

impostergable) cuanto antes. Pero nosotros, que los vemos una o dos veces por semana apenas un ratito, tenemos un gran poder y por eso, una enorme responsabilidad. No hay recetas para hacerlo bien, aunque…

 

-un kilo de formación académica de calidad

-500 gr. de dedicación

-10 cucharadas de ganas de hacer cosas nuevas y proponer actividades desafiantes

-una taza de predisposición a escuchar y estar atento

-una pizca de conciencia de la importancia de tu labor

-unos gramos de amor

-responsabilidad y alegría a gusto

 

…pueden funcionar bien, ¿no creen?

 

Hoy será un Cuaderno de Escritura Personal, mañana una clase sobre álgebra, otro día una charla informal

sobre reproducción, o quizá un comentario sobre un partido de fútbol… Hoy o mañana, esto o aquello, pueden, efectivamente pueden, hacer una diferencia en la vida de alguien.

¿Lo intentamos?

 

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