-La vi escribiendo en el pizarrón desde el colectivo
y bajé para saludarla. Qué suerte que esta vez me
dejaron pasar, porque el año pasado vine a verla y la
Directora no me dejó entrar.
-Qué bueno verte, le habrá pasado lo mismo que a mí,
que no te reconocía, estás más alto y más delgado,
y con ese gorrito
ni te veía la cara…
Mi exalumno había golpeado una sola vez la puerta del
aula de 3º año donde yo estaba desarrollando un cuadro sobre
estrategias de comprensión lectora. Había dicho “Pase” pero él no me
había escuchado y se había quedado ahí, mirándome por el único espacio libre que
permitía la cortina tras el vidrio, esperando
mi reacción. Y nada… Porque no lo había reconocido. Hasta que la
Secretaria vino a avisarme que alguien me estaba esperando.
No habían pasado dos años desde la última vez que
había visto a C, mi alumno que decía que yo era su
segunda mamá. Y él era mi hijo, claro, el único en
ese momento, pues Nachito no era más que un sueño.
A pesar de que, desde la escuela, vive hacia el lado
contrario que vivo yo, me esperó veinte minutos a que saliéramos y a
las 5 y media de la tarde me acompañó diez cuadras caminando hasta
la parada del colectivo
(hasta “mi” parada del colectivo) sólo para
conversar. Yo no podía siquiera invitarlo una coca, al menos no ese
viernes, en que mi Nachito estaba con sus abuelos desde antes de las
7 de la mañana y había que ir a rescatarlos de un bebé que ríe,
camina sin cansancio y toca todo lo que no debería… Pero charlamos.
C y
yo charlamos de la vida en ese año y medio laaaargo en que no nos vimos.
Y dolió.
Dolió saber que el año pasado lo pasó mal y necesitó
verme y no lo dejaron entrar a “su” escuela. Había perdido mi número de celular. Yo también lo había pasado mal
y estaba de licencia por maternidad,
(abatida y angustiada ante un mundo nuevo con un ser chiquitito
y espectacular en los brazos, que fue paulatinamente abandonado por
su papá a pesar de ser fruto de un embarazo buscado por ambos).
Dolió saber que el año pasado C consumió marihuana,
nevados (como él me explicó), pasta base… Y que
algunos de sus compañeros, que habían formado parte
de uno de los mejores grupos de alumnos que tuve
el placer de tener, fueron quienes lo introdujeron en
“eso”. Y que él zafó, pero ellos siguen. Y que un día
acompañaba a los pibes a “traer” alguna motito,
cuando la gendarmería los persiguió… Y
menos mal que
no tenía antecedentes y que mi mamá me llevó a
rehabilitación y a una psicóloga…Y ahora voy a la escuela, esa que
está en la Estación…
Dolió saber que dejó embarazada a su novia y que
la madre de ella se lo hizo sacar justo
cuando me
estaba haciendo a la idea de ser papá.
Y dolió no estar. No estar en ese momento en que
necesitaba, al menos, una charla, un desahogo. O
apenas unas palabras. Pero…
-Profe, ¿se acuerda de los cuadernos que usted nos
hacía escribir? Yo lo seguí escribiendo siempre, era
como si me
sirviera para descargarme, porque el año pasado hice todo mal, todo
mal, pero ahora estoy
bien, ya salí. Pero sigo escribiendo ese cuaderno, por eso yo se lo
quería mostrar, y justo la vi desde el colectivo y bajé y qué suerte que la encontré.
Y ahí es donde el dolor de la profe que siente que
fracasó enseñando, (porque no enseñamos nuestra
materia y nos vamos a casa así nomás, enseñamos otras cosas,
muchas otras cosas), se mitigó un poquito, nada más que un poquito, al saber que algo, una pizca de lo que
les había propuesto en el aula había sido
útil, y más que eso, había
sido necesario, y aún más que eso, había ayudado en un mal momento.
Y le
conté que acababa de leer los primeros textos de estos nuevos
alumnos que este año me tocaron en suerte, que ellos también
empezaban a escribir sus cuadernos…
Y le mostré a C las fotitos de mi bebé que llevo en
la carpeta y dijo: “Vio, profe, que siempre le preguntábamos por qué no tenía hijos, y ahora lo tuvo, es hermoso
y lo tiene con usted”.
Y llegó el colectivo y nos despedimos apresuradamente
hasta dentro de poco. Y puse las monedas con
movimientos mecánicos, mientras pensaba que a veces
sí alguien hace una diferencia en tu vida, un
alumno en la tuya, o vos en la de ellos. Pensaba en que C me
hizo sentir que lo que les damos, cuenta. Cuenta para la vida. Que a
veces en un aula hay alguien que te toma en serio, que te enseña
desde lo que
sabe y desde lo que considera es mejor para vos
(aunque te parezca exigente) porque te respeta como
persona y no sólo como un número de estadística que ocupa un pupitre. Que los
profesores tenemos que esmerarnos cada día más porque ellos están ahí para aprender algo de nosotros. Y que si
sus maestros y profesores hubiéramos sido mejores, tal vez C no habría probado la droga ni cometido actos de los
que después debiera avergonzarse. Tal vez.
Ya sé… También pensé que pasan pocas horas en la
escuela, a comparación de las que pasan en la casa y
en la calle, y
que la familia debe empezar a hacer su parte (que es primordial, imprescindible
e
impostergable) cuanto antes. Pero nosotros, que los vemos una o
dos veces por semana apenas un ratito, tenemos un gran poder y por
eso, una enorme responsabilidad. No hay recetas para hacerlo
bien, aunque…
-un kilo de formación académica de calidad
-500 gr. de dedicación
-10 cucharadas de ganas de hacer cosas nuevas y
proponer actividades desafiantes
-una taza de predisposición a escuchar y estar atento
-una pizca de conciencia de la importancia de tu
labor
-unos gramos de amor
-responsabilidad y alegría a gusto
…pueden funcionar bien, ¿no creen?
Hoy será un Cuaderno de Escritura Personal, mañana
una clase sobre álgebra, otro día una charla informal
sobre reproducción, o quizá un comentario sobre un
partido de fútbol… Hoy o mañana, esto o aquello, pueden,
efectivamente pueden, hacer una diferencia en la vida de alguien.
¿Lo intentamos?
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