Lectura y Escritura

Una pluma azul

 

 

- Cuentos -

Producciones del Taller de Escritura a distancia de la Pluma Azul

Partiendo de frases de un texto de autor reconocido, logramos las primeras versiones de nuestros primeros cuentos,

aplicando los recursos previamente aprendidos en el Taller.

 

 

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mi libro de relatos de viaje en moto por Argentina

 

 

 

Se recuerda que son las primeras versiones de los textos logrados.

Los derechos de los textos (literarios, didácticos, etc.) que aparecen en el sitio pertenecen a cada autor.


 

Braulio Senda es un escritor que ha participado del Taller

y ya ha publicado su primer libro: Cuentos con Historia.

Haciendo clic aquí podrás acceder a su blog personal

y leerás "Una flor en la calle",

un cuento resultante de una de las primeras actividades del Taller.

 


Cuento de Salitroso (Fernández Oro, Río Negro)


Palabra de honor, no la había visto en la perra vida. Hasta ayer.

Después de cenar me fui a la cama como todas las noches. Abrí el libro de turno justo donde marcaba el señalador, casi por la mitad. Consumí algunas páginas de Demian hasta que el sueño pasó a buscarme. Dejé el libro en la mesita ratón y apagué la luz. La lluvia golpeaba el techo de chapa con bronca y los fuertes latidos que repercutían en el pecho no me dejaban conciliar el sueño. Prendí la luz que generalmente uso para leer y me senté en la cama. La ventana que daba al jardín de la casa apenas se veía. Algunos relámpagos me mostraban como los paraísos disfrutaban del chaparrón. Me levanté con cuidado y fui hasta la cocina a tomar agua. Cuando volví al dormitorio el libro estaba abierto. Qué extraño. No suelo dejar los libros abiertos. Confundido me senté en la cama, me saqué las pantuflas y traté de calmarme. El timbre de la puerta no me ayudó. Asustado como un niño caminé hacia el comedor y me acerque a la mirilla. No había nadie del otro lado. Encendí la luz de afuera y me asomé a la ventana. Una nena que abrazaba una muñeca volvió a tocar el timbre. Sobresaltado abrí la puerta. Completamente empapada me preguntó el nombre. Tartamudeando le respondí. Seguidamente miró hacia el fondo del camino y asintió con la cabeza. Haciendo fuerza para ver alcancé a distinguir una silueta oscura parada al costado del buzón. Un relámpago oportuno me mostró un hombre vestido completamente de negro. Una túnica cubría su cabeza y llegaba hasta el piso. Cerré la puerta con violencia, le puse llave y me asomé tímidamente a la ventana. La niña caminó hacia la vereda y se perdió de vista. Con la respiración rápida corrí al dormitorio. Demian permanecía abierto. Lo volví a cerrar. Me metí en la cama y me quedé sentado intentando entender que carajo estaba pasando.

Los truenos no dejaban los latidos en paz. Un nuevo relámpago iluminó el jardín y una sombra que se movía alteró mi atención. Me puse la campera impermeable, agarré un cuchillo y salí al patio. Lentamente caminé por entre las flores. La lluvia no cesaba. Mis pasos eran lentos y pesados. Un ruido estruendoso paró mi corazón. Los faros ubicados a la orilla del camino se encendieron con el ruido. Recuperé el aliento de a poco. Guardé el cuchillo en el bolsillo de atrás y agarré un palo grueso y mojado que estaba en el suelo embarrado. Respiré hondo y la confianza asomó la cabeza. La luz de los faros hacía brillar las hojas de los paraísos. Miré hacia el final del camino y lo vi. Lejos, en el fondo del patio. Levantó las manos y la túnica formó un telón siniestro ante mis ojos. Inmediatamente sentí en la cara un aire fresco y agradable que empezaba a correr. Una mano chiquita y húmeda agarró mi mano. Dejé caer el palo y camine plácidamente guiado por la niña que aún llevaba la muñeca empapada abrazada a su lado. Los truenos se escuchaban lejos. Y la lluvia ya no hacía ruido. Los faros se apagaron y todo se volvió negro. El aire fresco soplaba cada vez mas fuerte. Llegando al final del camino lo distinguí. Una cara vieja, tenebrosa, con la piel arrugada, que apenas se veía me dijo: ”La muerte sabe amarga porque es nacimiento, porque es miedo e incertidumbre ante una aterradora renovación“. El aire fresco me dio fuertemente de lleno en la cara y me desperté transpirando y sobresaltado. Encendí la luz de la mesa ratón y noté que el libro seguía abierto. Lo tomé y leí las primeras líneas de la carilla. “La muerte sabe amarga porque es nacimiento …“.

La alarma del reloj de pared sonó justo a las seis de la tarde. Mi tiempo se había terminado. Me incorporé. Me puse la campera y me despedí dándole la mano. Una pesadilla mas, deje de leer a Hermman y vuelva la semana entrante, me dijo el psico. Evidentemente tengo que dejar de leer a este tipo. Ha alterado mi vida. Son libros muy peligrosos. Llegan hasta lo mas profundo de la mente, se quedan por un tiempo y alteran los pensamientos. Y de ahí en mas nada vuelve a ser como antes ¿ Como se explica ? ¿ Como puede ser posible que un libro, por mas apasionante que sea, interfiera tan notoriamente en mi vida ? Estoy asustado doc, le confesé antes de irme. Dejé el consultorio algo avergonzado. Sabía que mis palabras habían sonado estúpidas y poco creíbles. Lo noté en su cara. Igualmente caminé hacia casa mucho mas tranquilo. Las sesiones me hacen verdaderamente bien. Llegué a una esquina con mis pensamientos volando y mientras esperaba que cambie el semáforo vi un bulto en la vereda de enfrente. El impulso me llevó a cruzar la calle sin mirar. Las bocinas sonaban de todos lados. Ni siquiera una frenada brusca interrumpió mi rumbo. Una muñeca empapada permanecía en el piso. El pánico que asaltó mi cuerpo me impidió recogerla. Disimulando el miedo seguí caminando. Con los latidos repercutiendo en el pecho miré y vi que estaba lejos. Sintiendo en la cara un aire fresco que estaba empezando a correr, me apuré un poco, cosa de no perderlo de vista …

 


Cuento de Melu (Las Palmas, Chaco)
 

Amor sin tiempo

En una tranquila tarde de verano como cualquier otra de cualquier otro pueblito chaqueño, caminaba yo despreocupado por el Moncholo, mi querido balneario, que comenzaba a parecer distinto… pues sus incomparables matices de verdes, por la hora giraban hacia rojizos y naranjas, pincelados por los agonizantes rayos del sol, quien enamorado del agua, no quería dejar la tarde. Todo el panorama semejaba una acuarela pintada por algún eximio artista plástico.

Y maravillado con esto y entre divertido y apesadumbrado pensando en el otrora esplendoroso Moncholo, con quincho, baños y cantina y en el actual Moncholo con mucho yuyo alto, sin baños ni vestigios del magnífico quincho, y con el problema de las palometas que cada tanto se vengan de la intromisión de los visitantes llevándose un pequeño trofeo.

De pronto… advertí que la tarde se había vuelto noche… de todos modos continué a la vera de ese espejo natural, donde ya, reina y señora resplandecía plateada y ondulante una gran luna, me detuve, era un espectáculo magnífico, me separé un poco de la orilla, a unos metros, recosté mi espalda en el tronco de uno de los paraísos enormes y añosos… ¿tendrían más o menos la edad de Las Palmas?... no tanto, imposible…

Fue entonces cuando alcancé a ver una silueta, ¿era una mujer?, sí, una inconfundible figura femenina con pronunciadas curvas… ¿quién además de mí andaba a estas horas por estos solitarios lares? Seguí recostado en el árbol, la dama caminaba hacia mí, palabra de honor, no la había visto en la perra vida… ¿o sí?… me resultaba extrañamente familiar ese rostro que ahora podía ver con claridad… perplejo divisé a otra persona, un hombre de gallarda apariencia…no podía comprender…¡sus atuendos!...¡no eran de esta época!

Una escena de amor se desarrollaba ante mis atónitos ojos, me sentía un infame, pero no podía abandonar el lugar, algo mágico me hechizaba…la pareja … de la época de la fundación del pueblo, pero no de la clase trabajadora, sino de la alta alcurnia… se abrazaba dulcemente, ella reclinaba su cabeza sobre el pecho de él, caminaban mirando el paisaje, se escuchaba el sonido de una insomne lechuza, las luciérnagas revoloteaban alrededor de los enamorados ,las envidié , ellas podían escuchar lo que yo desde la distancia suponía eran tiernas palabras de amor.

Ni remotamente pensé que la aparición de un auto cambiaría la escena, la luz de los faros hacía brillar las hojas de los paraísos…los amantes se paralizaron… ¡era el padre de la joven!, ¡mi bisabuelo! Arrancó a mi abuela de entre los brazos de su amado y la obligó a subir al vehículo... Les hablé y no me oyeron, les hice señas y no me vieron… ¿qué estaba ocurriendo? Mi bisabuelo se alejaba tras el joven, miré y vi que estaba lejos.

Sintiendo en la cara un aire fresco que estaba empezando a correr, me apuré un poco, cosa de no perderlo, pero ya ni el rastro quedaba, de pronto sentí que me desvanecía, una extraña sensación invadía mi cuerpo…frío…mucho frío….todo el paisaje se esfumaba conmigo… No. No quería abandonar el 1.800 pero mi padre ahora, así me lo exigía desde la otra orilla del Moncholo.
 


Cuento de Amparo en el país de las maravillas (San Fernando, Bs. As.)

 

Palabra de honor, no la había visto en la perra vida. Se conocieron hace mucho tiempo en un pasillo del hospital Pena, esperando al mensajero de las buenas noticias, rogando, al dios de las desigualdades humanas, que se produjera el milagro. Cuantas contradicciones surcan sus sentimientos, pensar que el hospital Pena le había la vida y ahora le estaba dando la muerte.
- Enfermera, enfermera!. Le gritó Carmela a la mujer gorda que minutos antes le había quitado el suero a su niña.
- Doña, acá se hace lo que se puede, no se olvides uste, que este es un lugar publico, sino le gusta levante una queja.
La luz de los faros hacía brillar las hojas de los paraísos, que estaban al otro lado de la maldita sala de espera, otra noche más y la vida, no le daba tregua. Carmela penaba por su niña. Tenía en su mano un rosario, el cristo no tenía facciones, estaba como deshecho, borrado de tanta lágrima, y tanta batalla.
-Sabes, a mi todo me costo mucho, hasta la sortija de la calesita.
Los días fueron pasando, el hambre, el frío, la mugre habían tomado forma en su cuerpo invisible, pobre .Miré y vi que estaba lejos. Sintiendo en la cara un aire fresco que estaba empezando a correr, me apuré un poco, cosa de no perderlo.
Tenia la necesidad de decirle, cuanto la quería, y que la necesitaba a su lado, que su alma frágil no estaba preparada para su ausencia, le suspiro a su oído, no me dejes por favor, la beso profundamente y sintió el duelo en mis labios
-Enfermera, enferma mi niña se ahoga, auxilio, Por favor, que alguien me ayude.
-Doña, ya le dije que se hace lo que se puede, ya llegara el medico de piso.
-Enfermera… los sueños de los pobres nunca se cumplen, porque son sueños, y no promesas.

Carmela se marcho sin su niña. Con sus velas y santos, tratando de olvidar el sabor de la desgracia.
 


 

Cuento de Fausto Serrot (Gral. Roca, Río Negro)


Día de suerte

-¡Mira! ­ -me dijo- si no querés tener un problema mayor que el que ya tenés, será mejor que hables y me digas la verdad.

-Ya le dije que no la conozco –respondí-, y antes de que termine la frase dio un fuerte golpe sobre la mesa que me sobresaltó y me asustó por la violencia.

-Me estás tomando el pelo –gritó enfurecido- el próximo golpe no será sobre la mesa –entendés- y me tomó por las solapas arrimándome su asquerosa cara. Su aliento a cigarro y a alcohol eran una tortura en si mismos.

-Tengo un testigo que dice lo contrario -prosiguió. Dice haberte visto con ella, no una, si no varias veces en esa misma esquina en la que te levantamos. Infeliz

Me soltó y caí sobre la silla con tal violencia que casi se desarma.

-Palabra de honor, no la había visto en la perra vida. Le juro que no la conozco. Solo coincidimos una vez en la parada del colectivo

Me temblaba el alma, pero ese bruto no tenía la sensibilidad necesaria para captarla. Por suerte para mi -estoy frito si descubre que miento-,pensé.

Alguien se asomó a la puerta y lo llamó por su apodo. -Tenés una llamada –le dijo. Se dio vuelta y lo miró casi con rabia –ya voy, carajo- y salió dando un portazo. Volvió con los ojos inyectados en sangre. Casi se le salían de las órbitas. La rabia se le podía oler.

­-¡Maldición! -Gritó y volvió a golpear la mesa. Sé que me estás mintiendo, basura, -y me siguió insultando. –Agradece que hoy es tu día de suerte.

-Por ahora tengo que dejarte ir. Pero no creas que ganaste. Puedo saber todo de vos así que ya tendré otra oportunidad. Y pasándose el índice por la garganta a manera de degüello me repetía: -entonces sí que vas a hablar. ¡Si señor, vas a hablar!

Mandó sacarme de allí rápidamente y con la mayor discreción. –A nosotros también nos vigilan esos idiotas ­-dijo y se fue dando un portazo.

Dos que permanecieron todo el tiempo en silencio detrás de él, me quitaron las esposas. Me tomaron de ambos brazos y me arrastraron al pasillo. -Esperá acá, -me dijo el que parecía más violento y se metió en una oficina.

Regresó con una bolsa y me la arrojó a la cara. Por lo que pude palpar eran mis cosas. Intenté abrirla para revisarla. -Acá no, -me gritó-, no perdamos tiempo dale apurate.

No me golpearon mas, no sé por que, pero no me golpearon. -Habrá sido la llamada –pensé-, alguno se enteró que estaba acá. No sé, es el día de hoy que nadie sabe decirme nada del asunto.

Salimos a la calle, todo estaba mojado como de recién llovido. Les pedí que me dejaran ir. No fue fácil convencerlos, parecían tener miedo de hacerlo, pero luego de una breve discusión entre ellos, accedieron. Igualmente subieron al auto y se fueron sin mí.

Comencé a caminar sin rumbo, sorprendido por el silencio de la noche. Había una espesa cerrazón que todo lo mojaba y la luz de los faros hacía brillar las hojas de los paraísos.

Al cabo de unos minutos me fui calmando y pude oír el silbato de un tren lejano. -Debe haber una estación cerca -me dije-, y agucé el oído. Al girar en primera esquina miré y ví que estaba lejos. Sintiendo en la cara un aire fresco que estaba empezando a correr, me apuré un poco, cosa de no perderlo.

No tuve suerte; mejor dicho no tuve estado. La suerte ya había hecho su parte –por un tiempo no debo tentarla –me dije- no sea cosa de que se agote.

Decidí esperar al próximo sin importarme cuanto pudiera tardar. Me senté en un banco de madera sucio y despintado y comencé a relajarme.

Mi mente autónoma comenzó a repetir imágenes de lo sucedido, incluyendo la parte que yo había censurado por miedo, por terror, por cobardía.

Saqué de la bolsa un paquete de cigarrillos con el único que me habían dejado; -rateros -me dije en silencio- y lo encendí.

En cada voluta de humo azul parecía dibujarse su cara de piel suave y tersa. Sus ojos negros con esa chispa de vivacidad y de candor.

Su recuerdo estrujaba mi corazón y mi alma. Todo comenzó a desdibujarse a través del líquido cristal de mis ojos, y una lluvia salobre corría por mis mejillas para morir en mis manos que tapaban mi boca para no decir su nombre.


 

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