Lectura y Escritura

Una pluma azul

 

 

 

- Relatos de Viaje -

Producciones del Taller de Escritura a distancia de la Pluma Azul

Escribimos relatos de viajes en distintos formatos y con distintas consignas...

 

 

 

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Viajamos para hallar un recuerdo perdido...

En busca de un recuerdo, por Braulio Senda (de Lomas de Zamora)


Se me perdió un recuerdo y no logré hallarlo por más que revolví el archivo de la memoria una y otra vez. La falta de ese recuerdo me deja una suerte de vacío existencial. Para intentar recuperarlo, viajé un fin de semana a mi ciudad natal.

Me embarqué en Bs. As. rumbo a Colonia el sábado a las nueve de la mañana. El Río de la Plata siempre igual; manso o encrespado, su color marrón oscuro es inalterable. Me gusta contemplar el horizonte que va quedando atrás hasta que la ciudad desaparece de la vista. No sé porqué, pero me gusta. De Colonia viajé en micro a Montevideo. El camino está bordeado de palmeras a lo largo de varios kilómetros. La ruta es angosta y las palmeras están casi junto a la banquina. El terreno allí es ondulado, lo que hace que el viaje sea placentero. Por ser zona de granjas, el paisaje está en permanente cambio. La tierra negra recién arada, los sembradíos de distinto verde, las majadas…

La entrada a Montevideo está cambiada, moderna, apta para un tránsito rápido. Me gusta admirar el viejo puente de hierro sobre el río Santa Lucía, que inspirara a más de un poeta. ¡Pensar que hasta allí llegó Hernandarias en sus correrías!

Ni bien bajé en la terminal, me dirigí a Malvín, el viejo barrio de mi infancia. Aunque conserva algo de su vieja fisonomía, está muy cambiado. Los solares de viejas casonas hoy están ocupados por edificios de departamentos. ¡La playa! ¡Cuánto cambió la playa! Tiene la mitad de la arena que tenía hace veinte años, ya no hay ranchitos de pescadores entre las rocas y el cine municipal al aire libre ya no existe. Cuentan que a la arena y los ranchitos se los llevó una gran tormenta allá por el 2000. Consecuencias del cambio climático, que le dicen. El cine, no; eso fue una adaptación presupuestaria. Ése recuerdo está vivo en mi; cada noche de verano esperaba la llegada de mi viejo para ir juntos a tomar un helado y mirar una película sentados en el muro de la rambla.

La cuadra en la que viví esta casi igual. Se modernizaron las construcciones, pero no hay edificios de pisos, y eso me gustó. Mi infancia transcurrió en esa cuadra; jugando a la pelota, a la rayuela, a la escondida o al Martín Pescador. Un cambio notorio: el viejo almacén de la esquina, donde se compraba todo suelto, es ahora un auto servicio.

Con paso lento recorrí la manzana donde aún funciona la Escuela donde cursé primaria. ¡Sigue linda como antes! Ocupa toda la manzana, son varios edificios de dos plantas rodeados de parque arbolado; coníferas de varias especies y moras. ¡Si habremos estudiado Ciencias Naturales en ese parque! Fue una institución de avanzada. Tenía –y aún tiene, aunque no funcione como tal- un cine que oficiaba de Salón de Actos en las Fechas Patrias. Los domingos nos encontrábamos todos los pibes del barrio en la matiné. Era conocido como “La Piojera”, ¡imagínense porqué! ¡Pero qué tardes pasábamos ahí! Tampoco es de la escuela mi recuerdo perdido…

Dejé entonces que mis pasos me llevaran sin intentar siquiera racionalizar el porqué del camino. Así llegué a la placita que está frente al club de básquet. ¡Qué cambio! Tenía las canchas al aire libre, incluso la profesional con gradas de cemento; ahora es un polideportivo cerrado. Me senté en un banco, encendí un cigarrillo y dejé vagar mi vista por donde quisiera. Encontré casas modificadas pero aún reconocibles. Cuando el pucho se consumió y me quemó los dedos, me di cuenta que estaba mirando una esquina con una construcción desconocida, sin embargo ¡yo conocía esa esquina! Cerré los ojos y mi mente retrocedió en el tiempo, tratando de recordar qué había en ese lugar.

¡Sí! ¡Allí vivía Lucía! De pronto la veo con su guardapolvo blanco tableado entrando a la escuela, llevando el portafolio en su mano derecha. ¡Era una “manyalibros”! No era gorda sino rellenita; tenía la tez muy blanca y sus ojos y cabello eran negros como el azabache. Tímida, pero sonreía con frescura y cuando lo hacía ¡se le formaban dos hoyuelos en las mejillas! Teníamos doce años al terminar la primaria. La pubertad nos llegó con fuerza a todos. Ese verano organizamos un “baile lluvia” cada sábado en diferentes casas. Todos bailábamos con todas, pero en los lentos siempre nos buscábamos el uno al otro, bancándonos las cargadas de los demás. No nos propusimos noviazgo. Creo que, sin comprender lo que nos sucedía, nos dedicábamos a disfrutar la grata sensación de las hormonas derramándose como torrentes en nuestros cuerpos.

La vida nos llevó por distintos caminos y no volví a verla ni saber de ella, pero hoy estoy contento por haber recuperado tan bello recuerdo de aquella época, en que éramos tan felices…



Escribimos relatos de viajes reales o imaginarios...

Restos de un Diario de viajes encontrado en un remanso de un río

cordillerano… por Braulio Senda


Martes 17/03/2010

Desde que salimos de la aldea, al Norte de los Andes Bolivianos, no hicimos más que subir y subir. Estas montañas parecen no tener fin. La última quebrada que cruzamos fue hace una semana, apenas dejar atrás los límites de la aldea. Mi guía habla poco y solamente si le pregunto algo. Me enseñó a mascar hojas de coca contra el apune. Sus ojos están siempre pendientes de lo que nos rodea. Parece comunicarse en silencio con la naturaleza. ¡Qué diferencia con la cordillera entre Chile y Argentina! Allá todo es piedra y nieve, nada más. En cambio acá la vegetación es abundante, tupida; es un verdadero pulmón planetario. La noche es fría. Después de calentar y comer el alimento enlatado correspondiente, me acurruco dentro de la bolsa de dormir, muy cerca del fuego. Aballay, mi guía, no come enlatados; hierve raíces que el mismo busca y maíz que lleva en su morral; lo acompaña con bayas silvestres.

Miércoles 18/03/2010

Otro día de caminata ascendente. Me ayudo con una rama a manera de cayado. A partir del mediodía, avanzamos zigzagueando; la pendiente es muy pronunciada. Noté al guía algo nervioso. Muchas veces se detuvo a escuchar quién sabe qué, con los ojos entrecerrados. Por mucho que me esfuerce, no consigo oír más que el denso silencio de Los Andes. Al mediodía atravesamos una zona de mucha humedad. Fueron varios kilómetros en los que la vegetación era verdaderamente exuberante en relación a la de más abajo. La noche, aún sin luna, es clara, muy clara. El cielo semeja un negro manto adornado con miles –millones- de coyuyos titilando continuamente. Aballay no duerme. De a ratos parece rezar; se comunica sin duda con la Pachamama o con el Apu (Espíritu en quichua) de la montaña. A mí también me cuesta dormir. El silencio es cada vez mas “pesado”; solo oigo el ruido de mi respiración y el latir de mi corazón.

Jueves 19/03/2010

Esta mañana muy temprano Aballay me informó que él no podía seguir conmigo. Ningún argumento logró disuadirlo. Ofrecí pagarle un premio al volver, pero me respondió que hasta allí llegaba la protección del Apu, y que si seguía adelante, Él se podría enojar y eso sería una muerte segura. Siendo inútil mi empeño, le pagué lo acordado más una propina que aceptó a cambio de su macuto con hojas de coca. Asi lo hice y nos despedimos. Él emprendió el regreso cuesta abajo sin volver el rostro atrás ni una sola vez. Cuando lo perdí de vista, levanté campamento y continué con la ascensión, ahora completamente solo. Al mediodía comí carne enlatada sin calentar, dormí una hora de siesta y continué viaje. La vegetación es tupida pero de menor altura. Volví a acampar al anochecer. Estoy tan cansado que no calentaré la cena. Aprovechando el clima seco y muy agradable, dormiré sin encender fuego. Además, estando solo, no hay quien lo cuide.

Viernes 20/03/2010

Es extraño el amanecer en estos parajes. A la increíble luminosidad de la noche saturada de estrellas la sucede la del sol en todo su esplendor. Sin darme cuenta, anoche acampé en una meseta. ¡Llegué finalmente a la cima! Paso a paso me abrí camino buscando el final de la meseta y de pronto ¡me encontré con la visión más asombrosa que mis ojos jamás contemplaron! ¡En un cañón entre dos montañas y colgando de gruesas cuerdas de cáñamo, cual gigantesca telaraña, una ciudad! ¡Una ciudad detenida en el tiempo y suspendida sobre un abismo que parece no tener fin! ¡No puedo creer lo que estoy viendo! La ciudad se extiende en círculos concéntricos con “callejas” de puentes colgantes. Las construcciones son todas de caña y hojas de palma. Al medio, la más grande; debe ser el lugar de culto. Los pobladores, hombres, mujeres y niños todos son de tez cobriza, usan el cabello cortado “a la taza” y se visten con un pequeño quillapi de fibra vegetal. No llevan pintura en el rostro. Hay sólo dos vías de comunicación con el mundo exterior: una al Sur, bastante a la izquierda de donde yo estoy, y la otra al Norte, en diagonal con la primera. ¡En el límite Oeste de la telaraña hay plantaciones de maíz y en el Este de lo que parece ser papa! ¡Plantaciones colgantes en gigantescos canastos! Dos grupos de hombres y mujeres se dirigen hacia ambas salidas escoltados por cinco o seis robustos varones muñidos de macanas de gruesa madera. Supongo que salen a recolectar bayas, raíces y agua. La ciudad y su entorno están sumidos en un profundo silencio. No hay aves ni grandes animales en derredor; por lo menos yo no los he visto en los últimos dos días. Me pregunto qué debo hacer, si volver sobre mis pasos y guardar el secreto de la Ciudad del Silencio, o darme a conocer y tratar de aprender de esta antigua civilización. En la historia de la humanidad, los choques culturales siempre fueron contraproducentes para las menos desarrolladas.

Siento voces en extraño dialecto. El ruido de la espesura es cada vez más próximo. No tengo posibilidad alguna de ocultarme. ¿Será éste el momento de la verdad?

 

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