Lectura y Escritura

Una pluma azul

 

5º Congreso de Promoción de la Lectura.
28º. Feria Internacional del Libro. Bs. Aires, abril de 2002.
 

¿SE LE HUBIERAN QUEMADO LAS ALAS A ÍCARO SI SUPIERA LEER?

 Por: Adelaida Nieto

 

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Fragmentos

(Subrayado mío)

 

En una mezcla fascinante, entre mitología e historia, los libros nos han traído hasta nuestros tiempos y geografías a Dédalo, genio de la antigüedad griega, y a Ícaro su hijo. Estos hombres vivieron en los tiempos del laberinto que escondía al Minotauro, este ser mitad hombre, mitad toro que ha deleitado la imaginación de millares de seres y quien, al morir asesinado, dejó su laberinto vacío para todos los que en el transcurso de los tiempos hemos querido extraviarnos, pudiéramos hacerlo. Pero antes que nosotros, el laberinto lo ocuparon Dédalo e Ícaro, a quienes el rey Minos encerró allí por la fuerza, y una cosa es extraviarse por gusto y otra muy distinta porque otros quieran que uno no pueda ver la salida. Bien, Dédalo comprendió que del laberinto no saldrían con los pies en la tierra, y fue entonces cuando el creativo padre se las ingenió para construir unas alas que colocó en sus espaldas y en las de su hijo. Pero por ser esta obra del ingenio y no de la naturaleza, este vuelo debía ser emprendido con gran precaución, razón por la cual Dédalo advirtió a Ícaro que no podría volar muy bajo porque la sal del mar endurecería sus alas, ni muy alto porque el sol las quemaría. Ícaro emprendió el vuelo, podemos imaginar su fascinación y quizás también alcanzamos a imaginar el sentimiento que lo hizo volar más y más alto... hasta llegar al sol. Mientras Ícaro se elevaba no podía escuchar a la vida que le advertía: ¡Cuidado Ícaro, estás volando sin tus recuerdos, sin lo enseñado y sin lo aprendido, sin el amor de quien quiso mostrarte la libertad, sin mirar tus deseos con los ojos del alma! Y así en medio de los gritos de la vida que le avisaban el peligro, el implacable sol destruyó sus alas. Ícaro cayó a la gran agua salada, sencillamente porque no hizo uso de lo que sabía, y murió dando su nombre al mar de Icaria.

 

Todo invento científico, amoroso, técnico, social, cultural, todo invento cualquiera que éste sea, debe saberse usar para que sea un instrumento de libertad y no de dolor o muerte. Es decir: debe saberse leer. La libertad nace de una lectura adecuada del mundo. Por eso, cuando inauguramos un Congreso de Lectura, es bueno ser conscientes de que lo que en él suceda, puede ayudar o no, a que muchas personas puedan volar, y a que una vez volando puedan disfrutar del sol sin quemarse las alas. Los dioses, cuales quiera que sean, cuando crearon a los seres humanos, no nos dieron alas para volar, nos dieron la capacidad de leer y escribir nuestros tiempos, ese es el vuelo de los humanos, esa es la libertad de los humanos. Un Congreso de Lectura no es solamente para que la gente lea más o para que más gente lea, esas son herramientas, no son la obra. Un Congreso de Lectura es para que más personas tengan la posibilidad de ser libres.

Y si esto es tan importante, ¿qué es leer?

-Leer es buscar respuestas, pero esencialmente, es abrir preguntas.

-Leer es construir el puente entre lo tangible y lo intangible, entre lo vivido y lo soñado.

-Leer es tejer los tiempos. Es trenzar pasado presente y futuro en un solo tiempo: el del alma del  lector.

-Leer es un instrumento para crear condiciones de vida que nos den más oportunidades de ser felices.

-Leer no es una acción, leer es una forma de estar en el mundo.

-Leer es una suma de habilidades complejas de traducción, interpretación, creación de imágenes y conceptos.

-Leer es un acto inseparable de escribir. Quien escribe, simultáneamente está leyendo lo que observa, siente o piensa. Quien lee está escribiendo un universo tan grande como es capaz de construirlo.

-Leer es aprender, y no me refiero a adquirir información sino a crecer interiormente.

-Leer no es devorarnos los libros catalogados en las bibliotecas, es permitir que los libros des-cataloguen nuestros paradigmas y nos den alternativas de vida.

-Leer es permitir que un pedazo de mundo sea huésped de mis pensamientos, inquilino de mi corazón.

Por estas razones y otras que cada uno tendrá, es que cuando se ejerce el derecho a leer, se ejercen  muchos otros derechos.

Por estas razones y otras que cada uno tendrá, es que leer, mientras no sea una imposición, es un acto placentero, así se lea una novela, una poesía, un texto escolar, un tratado de cálculo o un manual de mecánica. No caigamos en la falsa dicotomía de las lecturas por placer y otras por no sé que cosas. Por supuesto que las diferentes lecturas requieran estados de ánimo o procesos mentales diferentes, pero ninguna lectura tendría que ser tortuosa si se hace desde una actitud dinámica y creativa por parte del lector.

(...)

 El hábito lector, para que se produzca el acto profundo de la lectura, debe transformarse en arte lector.  El arte lector  se produce no sólo leyendo textos escritos, sino leyendo el mundo que habitamos con su puntuación y su gramática, con sus matices plurales y diversos que conforman una unidad llamada: vida.

 Necesitamos disfrutar de las diferentes lecturas, necesitamos habitar una sociedad en la cual el arte lector acompañe siempre al hábito lector, porque el arte incluye la observación del entorno y la transformación del mismo con recursos de la imaginación, mientras el hábito sólo implica la repetición de actos iguales o semejantes.

Es bueno que el lector tenga la capacidad de traducir letras en sonidos y éstos en contenidos; es necesario comprender los diferentes contenidos de lo que se lee; pero es imprescindible, para ejercer el derecho a ser un ser humano, comprender no sólo los textos escritos sino alcanzar  el deleite de leer al otro, a los otros, al contexto y así poder transformarnos y transformar nuestro entorno.  No basta con que existan más lectores, debe existir también un cambio de paradigmas. La misión es más profunda, más compleja y, por lo tanto, mucho más apasionante. Vamos a mejorar la calidad de vida y para ello necesitamos un arte lector que se convierta en una forma de vida. Será cuando ya no sólo leamos las letras, sino a las personas, a las circunstancias, a las preguntas y a las respuestas que nos sentiremos  capaces de construir un mundo donde nuestra vida esté gobernada por sueños propios y no por sueños ajenos, porque como dice Humberto Maturana: “quien busca su identidad fuera de sí, está condenado a vivir en la ausencia de sí mismo movido por las opiniones y deseos de los demás”.

(...)

Visto así tenemos que actuar de inmediato y acertadamente porque es el presente el que necesita de nuestra acción, es el presente el que tenemos que transformar.  No estoy hablando de una lectura para mejorar el mundo que vamos a heredarles a nuestros hijos, ellos ya están aquí, el mundo ya es de ellos,  no podemos heredarles algo que ya les pertenece. Las niñas y niños no son el futuro, son el presente. Mañana ya no serán niñas y niños. No hay que motivarlos a leer para que sean mejores personas en el futuro, es más grato que lean para ser mejores niñas y niños, para tener buenos momentos ahora, para que sean hoy, a su edad, ciudadanos del mundo, y no que vivan en una especie de sala de espera, para que un día les entreguen un mundo del cual nunca antes habían hecho parte. Tenemos a las niñas y a los niños esperando en un limbo donde colgamos un letrero que dice:  No importa lo que preguntes, la respuesta siempre es: cuando seas grande...  Por qué no empezamos a preguntarles: -¿qué quieres ser cuando niño? Y no: - ¿qué quieres ser cuando grande?

La libertad no nos la da nadie, la libertad se engendra y se cría al interior de cada uno de nosotros, y la lectura es un buen alimento para que crezca y se fortalezca. Externamente pueden darnos libertad, y ¡vaya si ayuda que nadie pretenda que seamos sus esclavos! Pero no es suficiente que nos den condiciones externas de libertad, si nos hacemos esclavos de nuestra falta de comprensión del mundo.

Cada vez que alguien recorre una página escrita, se abren mundos infinitos. La lectura es como un eco desobediente que cambia las palabras y crea otros sentidos que nacen del alma de quien lee, creando experiencias tan válidas como las vividas en la cotidianidad de una persona. Se dice que el sabio para aprender no tiene que vivir las experiencias en carne propia, pues aprende de las experiencias de los otros, ese es el lector que necesitamos ser.

(...)

 Salgamos del laberinto,  nuestras alas no se quemarán, pues no están hechas de plumas, sino de letras. ¡Nos vemos en el sol!

Adelaida Nieto

Directora del CERLALC (año 2002)

 

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