|
Página principal
Sobre el título
Personajes
Proyectos didácticos
Obras literarias
Recursos y
servicios
Links
Artículos
Agenda
Mensajes
|
Fragmentos
(Subrayado mío)
En
una mezcla fascinante, entre mitología e historia, los libros nos han traído
hasta nuestros tiempos y geografías a Dédalo, genio de la antigüedad griega, y a
Ícaro su hijo. Estos hombres vivieron en los tiempos del laberinto que escondía
al Minotauro, este ser mitad hombre, mitad toro que ha deleitado la imaginación
de millares de seres
y quien, al morir asesinado,
dejó su laberinto vacío para todos los que en el transcurso de los tiempos hemos
querido extraviarnos, pudiéramos hacerlo. Pero antes que nosotros, el laberinto
lo ocuparon Dédalo e Ícaro, a quienes el rey Minos encerró allí por la fuerza, y
una cosa es extraviarse por gusto y otra muy distinta porque otros quieran que
uno no pueda ver la salida. Bien, Dédalo comprendió que del laberinto no
saldrían con los pies en la tierra, y fue entonces cuando el creativo padre se
las ingenió para construir unas alas que colocó en sus espaldas y en las de su
hijo. Pero por ser esta obra del ingenio y no de la naturaleza, este vuelo debía
ser emprendido con gran precaución, razón por la cual Dédalo advirtió a Ícaro
que no podría volar muy bajo porque la sal del mar endurecería sus alas, ni muy
alto porque el sol las quemaría. Ícaro emprendió el vuelo, podemos imaginar su
fascinación y quizás también alcanzamos a imaginar el sentimiento que lo hizo
volar más y más alto... hasta llegar al sol. Mientras Ícaro se elevaba no podía
escuchar a la vida que le advertía: ¡Cuidado Ícaro, estás volando sin tus
recuerdos, sin lo enseñado y sin lo aprendido, sin el amor de quien quiso
mostrarte la libertad, sin mirar tus deseos con los ojos del alma! Y así en
medio de los gritos de la vida que le avisaban el peligro, el implacable sol
destruyó sus alas. Ícaro cayó a la gran agua salada, sencillamente porque no
hizo uso de lo que sabía, y murió dando su nombre al mar de Icaria.
Todo invento
científico, amoroso, técnico, social, cultural, todo invento cualquiera que éste
sea, debe saberse usar para que sea un instrumento de libertad y no de dolor o
muerte. Es decir: debe saberse leer. La libertad nace de una lectura adecuada
del mundo. Por eso, cuando inauguramos un Congreso de Lectura, es bueno ser
conscientes de que lo que en él suceda, puede ayudar o no, a que muchas personas
puedan volar, y a que una vez volando puedan disfrutar del sol sin quemarse las
alas. Los dioses, cuales quiera que sean, cuando crearon a los seres humanos, no
nos dieron alas para volar, nos dieron la capacidad de leer y escribir nuestros
tiempos, ese es el vuelo de los humanos, esa es la libertad de los humanos. Un
Congreso de Lectura no es solamente para que la gente lea más o para que más
gente lea, esas son herramientas, no son la obra. Un Congreso de Lectura es para
que más personas tengan la posibilidad de ser libres.
Y si esto es
tan importante, ¿qué es leer?
-Leer es buscar respuestas, pero esencialmente, es abrir
preguntas.
-Leer es construir el puente entre lo tangible y lo intangible,
entre lo vivido y lo soñado.
-Leer es tejer los tiempos. Es trenzar pasado presente y futuro
en un solo tiempo: el del alma del lector.
-Leer es un
instrumento para crear condiciones de vida que nos den más oportunidades de ser
felices.
-Leer no es
una acción, leer es una forma de estar en el mundo.
-Leer es una
suma de habilidades complejas de traducción, interpretación, creación de
imágenes y conceptos.
-Leer es un
acto inseparable de escribir. Quien escribe, simultáneamente está leyendo lo que
observa, siente o piensa. Quien lee está escribiendo un universo tan grande como
es capaz de construirlo.
-Leer es
aprender, y no me refiero a adquirir información sino a crecer interiormente.
-Leer no es
devorarnos los libros catalogados en las bibliotecas, es permitir que los libros
des-cataloguen nuestros paradigmas y nos den alternativas de vida.
-Leer es
permitir que un pedazo de mundo sea huésped de mis pensamientos, inquilino de mi
corazón.
Por estas razones y otras que cada uno tendrá, es
que cuando se ejerce el derecho a leer, se ejercen
muchos otros derechos.
Por estas razones y otras que cada uno tendrá,
es que leer, mientras no sea una imposición, es un acto placentero, así se lea
una novela, una poesía, un texto escolar, un tratado de cálculo o un manual de
mecánica. No caigamos en la falsa dicotomía de las lecturas por placer y otras
por no sé que cosas. Por supuesto que las diferentes lecturas requieran estados
de ánimo o procesos mentales diferentes, pero ninguna lectura tendría que ser
tortuosa si se hace desde una actitud dinámica y creativa por parte del lector.
(...)
El
hábito lector, para que se produzca el acto profundo de la lectura, debe
transformarse en arte lector. El arte lector se produce no sólo leyendo
textos escritos, sino leyendo el mundo que habitamos con su puntuación y su
gramática, con sus matices plurales y diversos que conforman una unidad llamada:
vida.
Necesitamos
disfrutar de las diferentes lecturas, necesitamos
habitar una sociedad en la cual el arte lector acompañe siempre al hábito
lector, porque el arte incluye la observación del entorno y la transformación
del mismo con recursos de la imaginación, mientras el hábito sólo implica la
repetición de actos iguales o semejantes.
Es
bueno que el lector tenga la capacidad de traducir letras en sonidos y éstos en
contenidos; es necesario comprender los diferentes contenidos de lo que se lee;
pero es imprescindible, para ejercer el derecho a ser un ser humano, comprender
no sólo los textos escritos sino alcanzar el deleite de leer al otro, a los
otros, al contexto y así poder transformarnos y transformar nuestro entorno. No
basta con que existan más lectores, debe existir también un cambio de
paradigmas. La misión es más profunda, más compleja y, por lo tanto, mucho más
apasionante. Vamos a mejorar la calidad de vida y para ello necesitamos un arte
lector que se convierta en una forma de vida. Será cuando ya no sólo leamos las
letras, sino a las personas, a las circunstancias, a las preguntas y a las
respuestas que nos sentiremos capaces de construir un mundo donde nuestra vida
esté gobernada por sueños propios y no por sueños ajenos, porque como dice
Humberto Maturana: “quien busca su identidad fuera de sí, está condenado a vivir
en la ausencia de sí mismo movido por las opiniones y deseos de los demás”.
(...)
Visto así tenemos que actuar de inmediato y
acertadamente porque es el presente el que necesita de nuestra acción, es el
presente el que tenemos que transformar. No estoy hablando de una lectura para
mejorar el mundo que vamos a heredarles a nuestros hijos, ellos ya están
aquí, el mundo ya es de ellos, no podemos heredarles algo que ya les pertenece.
Las niñas y niños no son el futuro, son el presente. Mañana ya no serán niñas y
niños. No hay que motivarlos a leer para que sean mejores personas en el futuro,
es más grato que lean para ser mejores niñas y niños, para tener buenos momentos
ahora, para que sean hoy, a su edad, ciudadanos del mundo, y no que vivan en una
especie de sala de espera, para que un día les entreguen un mundo del cual nunca
antes habían hecho parte.
Tenemos a las niñas y a los niños esperando en un
limbo donde colgamos un letrero que dice: No importa lo que preguntes, la
respuesta siempre es: cuando seas grande... Por qué no empezamos a
preguntarles: -¿qué quieres ser cuando niño? Y no: - ¿qué quieres ser
cuando grande?
La libertad
no nos la da nadie, la libertad se engendra y se cría al interior de cada uno de
nosotros, y la lectura es un buen alimento para que crezca y se fortalezca.
Externamente pueden darnos libertad, y ¡vaya si ayuda que nadie pretenda que
seamos sus esclavos! Pero no es suficiente que nos den condiciones externas de
libertad, si nos hacemos esclavos de nuestra falta de comprensión del mundo.
Cada vez que alguien recorre una página escrita, se abren mundos
infinitos. La lectura es como un eco desobediente que cambia las palabras y crea
otros sentidos que nacen del alma de quien lee, creando
experiencias tan válidas como las vividas en la cotidianidad de una persona. Se
dice que el sabio para aprender no tiene que vivir las experiencias en carne
propia, pues aprende de las experiencias de los otros, ese es el lector que
necesitamos ser.
(...)
Salgamos del laberinto, nuestras alas no se quemarán, pues no están hechas de
plumas, sino de letras. ¡Nos vemos en el sol!
Adelaida Nieto
Directora del CERLALC
(año 2002)
|