El recreo terminaba unos minutos antes de la hora pautada y la
preceptora gritaba como enloquecida a los alumnos.
Unos malhumorados, otros burlones, unos cuantos indiferentes
caminaban lentamente hacia las aulas sin hacer caso de nada.
La preceptora, que no había gritado lo suficiente, nos gritaba ahora
a los profesores que tratábamos de entender por qué
siempre toca el timbre de vuelta a clase antes de hora. ¿A quién le
grita esta mujer?...
Una mujer que no sabe hablar a los alumnos ni a sus compañeros, que
no puede hacerse entender si no es a los gritos…
Una mujer que no sabe que el grito frecuente y sistemático le hace
perder respeto y autoridad
y con ellos queda desdibujada su función dentro de la escuela.
Nuestra forma de expresarnos, las palabras que elegimos, el tono de
nuestra voz y nuestros gestos dicen mucho sobre
nosotros. Hablan de quiénes somos, de cómo pensamos, y especialmente
del lugar que le asignamos al otro en nuestra vida
(un lugar profesional, familiar, amoroso, amistoso, etc.), de la
atención y respeto que le dedicamos.
Nuestra forma de hablar
transmite nuestra manera de entender la vida y las relaciones con el
prójimo,
ese otro distinto con quien compartimos años, jornadas, momentos o
segundos.
Una vez, hace unos años, subí a un colectivo y dije instintivamente
Hola al conductor antes de pedirle el boleto.
Me miró como
si no me comprendiera! No creo que le haya molestado, más se debe
haber sorprendido
por una práctica de saludo a la que está desacostumbrado.
Es cierto que en ocasiones, sólo en contadas ocasiones, se impone un
grito…
Dos alumnos tomándose a golpes en el aula o
una guerra de naranjazos durante el recreo, bien justifican elevar
el tono de voz por sobre el griterío reinante.
Pero en esos casos,
la efectividad del grito está dada por la sorpresa, porque no es
habitual,
entonces indica que algo se está yendo de las manos
y no lo vamos a permitir.
Cuando el grito y la agresividad se institucionalizan, interfieren
en la comunicación, entorpeciéndola
y generando la falta de eco (respuesta) en el otro o, aún peor, la
respuesta violenta.
La forma de comunicarnos con las personas afecta significativamente
las relaciones que establecemos,
enriqueciéndolas o deteriorándolas, según el caso.
Las palabras y las voces son nuestras. Nosotros somos palabras y
voces, ideas y tonos, gestos y miradas.
Cuidemos de desparramarlas con suavidad y firmeza, para que lleven
con ellas afecto, respeto y autenticidad.
Los invito a reflexionar con
Enrique Pinti y Alejandro Dolina sobre las
palabras y los gestos
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