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Andanzas
mi libro de relatos de viaje en moto por
Argentina
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Una leve presión del pincel y ese toque de
intensidad sobre un rasgo de carácter encima de su boca. Ahora el
trazo largo de un párpado altivo. Más allá, lejos, soy penacho
desgarbado sobre una frente pequeña. Y aún más lejos, oscuro vórtice
en la zona posterior de su mollera.
Desciendo por su perfil expuesto a la luz, donde las nacientes de
sus cabellos se ralean y espesan. Su cien se expande en una planicie
que se deprime bajo su ceja. Ésta declina con suavidad -rasgo tenue
de sabiduría-. Giro hacia la pendiente apenas pronunciada en la base
de su nariz, sumergiéndome en la comisura de su boca. Debajo, se
eleva su carne con prominencia rumbo a la pulpa de sus labios rojos.
Ellos denuncian una sonrisa apenas alongada.
Retrocedo dos pasos e inclino mi cabeza. Busco simetrías
milimétricas en los lóbulos de sus orejas. De ambos desciendo
triangulando a un punto de su cuello. La luz es oblicua desde un
sitio imaginario a tres metros sobre su derecha. Mareas de sombras
que resuelven en la redondez de su escote. Un lunar rompe el
equilibrio; se ilumina como gema, discreta.
Mediodía para su reluciente pómulo, atardece en su mejilla; se
alarga la noche tras la recta ascendente de su nariz.
Pongo mi atención en su pupila y en los diminutos peces pardos del
océano ambarino que la rodean. Están inmóviles, sin aliento. Me
decepciono. Un perceptible brillo proporciona indeleble luz, arriba,
sobre su izquierda.
—¿Me está mirando?
Me adentro a la noche clara y sinuosa para seguir su contorno más
arriba de su pómulo. La superficie se degrada agudamente y sobre
ella reposan arqueadas sus pestañas. Una delgada línea se ilumina,
luego un escalón, y más allá, la esclerótica se expande con delgados
cursos rojos. De su otro ojo un nuevo océano ambarino y los peces
pardos que lo habitan en completa quietud. Su pupila es un embudo
desgajado, inerte.
—Pero... ¿Me está mirando?
Me alejo. Algo me perturba. Una sensación de incordia me enajena; se
expande desde la base de mi estómago oprimiéndome los pulmones.
Estoy sin aliento; agitado. Le doy la espalda a ella. Me agacho. Me
paro. Golpeo con mi máxima energía la mesa. Llevo mis manos a mi
cabeza y entrelazo mis dedos en mis cabellos. Aprisiono mi cráneo.
Lo bamboleo. Lo froto con mis palmas mugrientas.
—¿Me está mirando? ¿Me mira?
Doy tres pasos laterales adonde el punto imaginario de luz. La
observo.
—No, no me está mirando. Me desgrano.
Vuelvo hacia ella.
—Tiene la mirada perdida —digo.
Me acerco tanto como para individualizar cada partícula de pigmento
que impregna las fibras de lino de sus ojos ambarinos y lo veo: ¡qué
distancia tan pequeña nos separa del infinito! —digo... al descubrir
el secreto que guarda en su iris. Vuelvo a ambos ojos para develar
que tiene ella un alma anclada en la tierra y otra devorando el
universo. No hay cosa que trascienda más que el alma —pienso—; y
brota de mis labios una sonrisa.
Me tranquilizo en la medida que aumenta mi ansiedad.
—-¡Necesito distancia! —grito.
Aparto la mesa y me alejo de ella hasta donde la habitación me lo
permite. La observo.
—¡Aún es muy cerca! —maldigo.
La pongo a ella en el otro extremo de la habitación y no es
suficiente. La cargo al parque. Hay sol. Me detengo un instante para
descubrir que la gramilla está alta y florecida. Ahí la dejo y me
aparto.
Un azul profundo se expande sobre mi cabeza adonde mi vista no la
alcanza. Entonces imagino mi propio ojo y sus formas convexas
percibiendo el infinito. Me sumerjo en el torrente sanguíneo que
lleva curso a mi retina. Desde allí observo la espalda de mi pupila
con sus dibujos arabescos contraídos a su máximo potencial. En
rededor, aquel ordinario marrón que pensé siempre, posee matices.
Dentro de mi retina se expande el universo y estoy en él y ella
conmigo, mirándome. Puedo navegar ese universo; deambular entre sus
galaxias, y por su interior, sobre sus planetas y soles. Mi atención
se fija en un punto lejano para percibir la forma de mi ojo terrenal
mirándola a ella sobre la gramilla alta y florecida desde donde ella
me está mirando. Hay materialidad limitando materia —concluyo.
Salgo de mí; vuelvo a ella. La devuelvo al interior de mi taller.
Enciendo un cigarro.
Me arrojo sobre el sofá que exhala aliento a humedad milenaria. No
es importante. Nada lo es, ahora. Está hecho. He terminado y me
satisface.
—No me mira —digo—; y sin embargo, sé que me está mirando —sonrío.
A mi izquierda, un universo que se expande tras el ventanal por
donde escapa el humo del tabaco. Sobre mi derecha: ella, sobre el
atril, con sus imperturbables ojos perfectos indagando los universos
infinitos y terrenales que hay en mí.
Me duermo —creo.
Despierto de la noche intensa luego de soñar su rostro. Lánguido el
sol se levanta sobre el filo del lintel. La gramilla está alta y
florecida, afuera. A pasos de mí, el atril; el tono marfil del
lienzo virgen atesora formas imposibles de ser coloreadas —pienso.
Tal vez... Tal vez sea hoy un buen día para intentarlo.
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MARCELO D. FERRER
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Nació en la ciudad de La Plata, Capital de la Provincia de Buenos
Aires, República Argentina.
Es contador público y licenciado en economía; ejerce su profesión en
su ciudad natal.
Es miembro y ha presidido diversas ONG. dedicadas a la educación y
al servicio comunitario.
Está divorciado y tiene tres hijas.
Varios de sus cuentos fueron publicados en diversos medios
periodísticos de Argentina y otros países.
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FUENTE:
http://leerporquesi-1007.blogspot.com/2009/10/ferrer-marcelo-lienzo-virgen.html
Los derechos
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