Lectura y Escritura

Una pluma azul

 

 

 

Agosto 2013

 

Participación en el Concurso de Cuentos

"Siguiendo las huellas de Cortázar",

organizado por el periódico El Banfileño

 

Por: Verónica Wiedrich

 

 

 

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Abierto a las escuelas primarias y secundarias de Banfield,

el periódico El Banfileño organizó el concurso de cuentos

Siguiendo las huellas de Cortázar.

 

Con mis alumnos compusimos cuentos breves y seleccioné tres para participar,

dos de los cuales obtuvieron premio!

 

Leandro, quien obtuvo el 2º premio en su categoría

 

 

Karen, recibiendo el 3º premio

 

 

Con Leandro y su amigo Matías, que compartió su logro!

 

 

Todos los ganadores, felicitaciones!!

 

 

Al entregar cada premio, los organizadores leyeron párrafos de los cuentos

y los presentes nos asombramos de la calidad y originalidad de los textos.

Aquí compartimos los dos cuentos de mis alumnos:

 

Mi extraña historia de amor

 Leandro

 

Mi nombre es José y les voy a contar mi extraña historia de amor. Cada día tomaba el tren en la Estación de Banfield

e iba hasta Temperley, allí se encontraba mi trabajo. Siempre me sentaba en el tercer vagón, pero en uno de mis viajes

este estaba ocupado, al igual que los demás, sólo el último vagón tenía asientos libres.

Sentada contra la ventana, se encontraba una joven muy linda. No dudé en acercarme a ella y entablar una conversación.

- Hola, ¿cómo te llamás?

- María, ¿y vos?

- José. ¿Viajás todos los días en este tren?

- Siempre.

- Yo bajo en la próxima, ¿te voy a poder ver de nuevo?

- Cuando viajes a la mañana, sí.

- Hasta la próxima, fue un gusto conocerte.

Luego de verla varias veces más y de conversar con ella viaje a viaje, me di cuenta de que me había enamorado.

Muchas veces le pregunté por su familia, pero ella cambiaba de tema de inmediato. A pesar de eso, me había decidido a confesarle que me había enamorado. Le dije lo que sentía, pero me contestó que lo nuestro no iba a funcionar.

Con mis ojos llorosos le pregunté por qué y me explicó que era un espíritu, que viajaba todos los días en el tren de las

7 AM y se sentaba en el mismo vagón desde hacía mucho tiempo, porque le gustaba estar sola.

Años atrás, en uno de sus viajes, había subido un hombre, se había sentado a su lado y la había amenazado con una navaja.

Ella le había entregado todo pero el hombre igualmente le había clavado la navaja en el corazón y en pocos segundos

María había muerto desangrada. Desde aquella mañana, viajaba en el mismo tren para tratar de encontrar a quien le

había quitado la vida y darle un buen susto, pero todavía no lo había vuelto a ver.

Después de oír esa historia, cerré los ojos por un momento y cuando los abrí ella ya se había ido. Aún con mis setenta

años la recuerdo con amor infinito.

 

De noche

Karen

 

Me desperté en la sala de un hospital, vi una mujer llorando en la puerta y enfermeros corriendo por el pasillo.

Apenas me vio, la mujer entró sin importarle lo que le dijeran. Le pregunté quién era y qué había pasado, pero sólo me

respondía con llantos. No recordaba nada, ni siquiera cómo me llamaba. Una enfermera entró y con una voz casi sin fuerza

le pregunté qué era lo que estaba sucediendo, no dejé de preguntar eso hasta que por fin hablaron, pero sólo me dijeron

que descanse, que en una semana iba a estar en casa.

Una semana después, como habían dicho en el hospital, volví a mi casa, entonces ya sabía cómo me llamaba, mi nombre

era David López, me accidenté un día miércoles mientras trabajaba en una panadería, una de las garrafas explotó y en el

incendio me desmayé o me golpeé la cabeza o algo así, es por eso que no recuerdo nada, pero me dijeron que con el

tiempo recuperaría la memoria. La mujer del hospital era mi madre, una mujer de cincuenta años, un poco estricta con las

reglas de la casa, pero es una persona muy buena, me trata muy bien.

Vivimos en un departamento muy amplio y cómodo, se encuentra exactamente frente a la estación de Banfield, es bastante tranquilo, hay muchos árboles y las calles empedradas son muy lindas, lo único que me desagrada y me entristece un poco

es la forma en que me mira la gente, no es tanto su culpa, es mi aspecto después del accidente, soy horrible, me hace sentir

mal la sorpresa con que me miran, por eso ahora sólo salgo de noche.

Una vez, exactamente a las 11:45 de la noche, salí a caminar. Me paré en el kiosco de la estación cuando un nene de unos

diez años de edad que a esa hora todavía estaba vendiendo almanaques me preguntó si quería comprarle uno. Le dije que

sí, pero apenas vio mi cara corrió muy asustado. Me sentí muy mal, salí de la estación, comencé a caminar, no pensé dónde

iba, sólo quería alejarme de la gente. Me llamó la atención una reja de aspecto terrorífico, deslucida y estropeada,

totalmente oxidada, debió haber estado ahí por años aunque jamás la había notado, quizá por no poderme concentrar en

otra cosa más que en la gente que me miraba. En fin, me asomé y vi un puente, por debajo cruzaban las vías. Aunque todo

ahí se veía deprimente y asqueroso, tomé la reja firmemente con ambas manos e intenté saltar. En una ocasión resbalé y me

caí, pero después de otros dos intentos logré cruzar hasta el otro lado. Justo delante de mí había una escalera, la subí.

El lugar se veía peligroso, era tan aterrante, pero igual continué subiendo. Llegué hasta arriba del puente. Comencé a

caminar deslizando mi mano por el barandal sucio y frío. Me detuve un rato, estaba algo asustado, me preguntaba si

tal vez antes del accidente era igual de impaciente que ahora, porque no quiero esperar para recuperarme, quiero mi vida

de vuelta justo como era antes, no era perfecta, pero al menos las personas no se veían horrorizadas al mirarme. El fuerte

sonido de mi celular me asustó un poco, era mi madre, me estaba llamando. Contesté la llamada, me preguntó dónde estaba

 y a qué hora volvería. Le dije que había salido a caminar y que ya estaba volviendo.

Llegué a casa. Al abrir la puerta encontré a mi madre sentada en el sillón, me dijo que no se sentía muy bien. Se veía muy

pálida y de un momento a otro se desmayó. Llamé a emergencias, estaba muy asustado, tenía miedo de que algo le

sucediera.

En el hospital me informaron que estaba muy enferma, ella tenía cáncer, quedaría internada. Un mes más tarde mi madre

murió. Después del entierro, volví a mi casa y me dormí en el sillón por unas horas. Cuando desperté, ya era de noche.

Salí a caminar y me acordé del puente. Volví a saltar la reja oxidada, subí las escaleras, tomé el barandal, pero esta vez

no deslicé mi mano, esta vez salté. Salté con mucha seguridad de lo que hacía, ya no tenía nada.

 

 

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