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Con Leticia y Holanda íbamos a jugar a las vías del Central Argentino los días
de calor, esperando que mamá y tía Ruth empezaran su siesta para escaparnos por
la puerta blanca. Mamá y tía Ruth estaban siempre cansadas después de lavar la
loza, sobre todo cuando Holanda y yo secábamos los platos porque entonces había
discusiones, cucharitas por el suelo, frases que sólo nosotras entendíamos, y en
general un ambiente en donde el olor a grasa, los maullidos de José y la
oscuridad de la cocina acababan en una violentísima pelea y el consiguiente
desparramo. Holanda se especializaba en armar esta clase de líos, por ejemplo
dejando caer un vaso ya lavado en el tacho del agua sucia, o recordando como al
pasar que en la casa de las de Loza había dos sirvientas para todo servicio. Yo
usaba otros sistemas, prefería insinuarle a tía Ruth que se le iban a paspar las
manos si seguía fregando cacerolas en vez de dedicarse a las copas o los platos,
que era precisamente lo que le gustaba lavar a mamá , con lo cual las enfrentaba
sordamente en una lucha de ventajeo por la cosa fácil. El recurso heroico, si
los consejos y las largas recordaciones familiares empezaban a saturarnos, era
volcar agua hirviendo en el lomo del gato. Es una gran mentira eso del gato
escaldado, salvo que haya que tomar al pie de la letra la referencia al agua
fría; porque de la caliente José no se alejaba nunca, y hasta parecía ofrecerse,
pobre animalito, a que le volcáramos media taza de agua a cien grados o poco
menos, bastante menos probablemente porque nunca se le caía el pelo. La cosa es
que ardía Troya, y en la confusión coronada por el espléndido si bemol de tía
Ruth y la carrera de mamá en busca del bastón de los castigos, Holanda y yo nos
perdíamos en la galería cubierta, hacia las piezas vacías del fondo donde
Leticia nos esperaba leyendo a Ponson du Terrail, lectura inexplicable.
Por lo regular mamá nos perseguía un buen trecho, pero las ganas de rompernos la
cabeza se le pasaban con gran rapidez y al final (habíamos trancado la puerta y
le pedíamos perdón con emocionantes partes teatrales) se cansaba y se iba,
repitiendo la misma frase: "Van a acabar n en la calle, estas mal nacidas".
Donde acabábamos era en las vías del Central Argentino, cuando la casa quedaba
en silencio y veíamos al gato tenderse bajo el limonero para hacer él también su
siesta perfumada y zumbante de avispas. Abríamos despacio la puerta blanca, y al
cerrarla otra vez era como un viento, una libertad que nos tomaba de las manos,
de todo el cuerpo y nos lanzaba hacia adelante. Entonces corríamos buscando
impulso para trepar de un envión al breve talud del ferrocarril, encaramadas
sobre el mundo contemplábamos silenciosas nuestro reino.
Nuestro reino era así: una gran curva de las vías acababa su comba justo frente
a los fondos de nuestra casa. No había más que el balasto, los durmientes y la
doble vía; pasto ralo y estúpido entre los pedazos de adoquín donde la mica, el
cuarzo y el feldespato Ä que son los componentes del granito Ä brillaban como
diamantes legítimos contra el sol de las dos de la tarde. Cuando nos agachábamos
a tocar las vías (sin perder tiempo porque hubiera sido peligroso quedarse mucho
ahí, no tanto por los trenes como por los de casa si nos llegaban a ver) nos
subía a la cara el fuego de las piedras, y al pararnos contra el viento del río
era un calor mojado pegándose a las mejillas y las orejas. Nos gustaba flexionar
las piernas y bajar, subir, bajar otra vez, entrando en una y otra zona de
calor, estudiándonos las caras para apreciar la transpiración, con lo cual al
rato éramos una sopa. Y siempre calladas, mirando al fondo de las vías, o el río
al otro lado, el pedacito de río color café con leche.
Después de esta primera inspección del reino bajábamos el talud y nos metíamos
en la mala sombra de los sauces pegados a la tapia de nuestra casa, donde se
abría la puerta blanca. Ahí estaba la capital del reino, la ciudad silvestre y
la central de nuestro juego. La primera en iniciar el juego era Leticia, la más
feliz de las tres y la más privilegiada. Leticia no tenía que secar los platos
ni hacer las camas, podía pasarse el día leyendo o o pegando figuritas, y de
noche la dejaban quedarse hasta más tarde si lo pedía, aparte de la pieza
solamente para ella, el caldo de hueso y toda clase de ventajas. Poco a poco se
había ido aprovechando de los privilegios, y desde el verano anterior dirigía el
juego, yo creo que en realidad dirigía el reino; por lo menos se adelantaba a
decir las cosas y Holanda y yo aceptábamos sin protestar, casi contentas. Es
probable que las largas conferencias de mamá sobre cómo debíamos portarnos con
Leticia hubieran hecho su efecto, o simplemente que la queríamos bastante y no
nos molestaba que fuese la jefa. Lástima que no tenía aspecto para jefa, era la
más baja de las tres, y tan flaca. Holanda era flaca, y yo nunca pesé más de
cincuenta kilos, pero Leticia era la más flaca de las tres, y para peor una de
esas flacuras que se ven de fuera, en el pescuezo y las orejas. Tal vez el
endurecimiento de la espalda la hacía parecer más flaca, como casi no podía
mover la cabeza a los lados daba la impresión de una tabla de planchar parada,
de esas forradas de género blanco como había en la casa de las de Loza. Una
tabla de planchar con la parte más ancha para arriba, parada contra la pared. Y
nos dirigía.
La satisfacción más profunda era imaginarme que mamá o tía Ruth se enteraran un
día del juego. Si llegaban a enterarse del juego se iba a armar una meresunda
increíble. El si bemol y los desmayos, las inmensas protestas de devoción y
sacrificio malamente recompensados, el amontonamiento de invocaciones a los
castigos más célebres, para rematar con el anuncio de nuestros destinos, que
consistían en que las tres terminaríamos en la calle. Esto último siempre nos
había dejado perplejas, porque terminar en la calle nos parecía bastante normal.
Primero Leticia nos sorteaba. Usábamos piedritas escondidas en la mano, contar
hasta veintiuno, cualquier sistema. Si usábamos el de contar hasta veintiuno,
imaginábamos dos o tres chicas más y las incluíamos en la cuenta para evitar
trampas. Si una de ellas salía veintiuna, la sacábamos del grupo y sorteábamos
de nuevo, hasta que nos tocaba a una de nosotras. Entonces Holanda y yo
levantábamos la piedra y abríamos la caja de los ornamentos. Suponiendo que
Holanda hubiese ganado, Leticia y yo escogíamos los ornamentos. El juego marcaba
dos formas: estatuas y actitudes. Las actitudes no requerían ornamentos pero sí
mucha expresividad, para la envidia mostrar los dientes, crispar las manos y
arreglárselas de modo de tener un aire amarillo. Para la caridad el ideal era un
rostro angélico, con los ojos vueltos al cielo, mientras las manos ofrecían algo
-un trapo, una pelota, una rama de sauce- a un pobre huerfanito invisible. La
vergüenza y el miedo eran fáciles de hacer; el rencor y los celos exigían
estudios más detenidos. Los ornamentos se destinaban casi todos a las estatuas,
donde reinaba una libertad absoluta. Para que una estatua resultara, había que
pensar bien cada detalle de la indumentaria. El juego marcaba que la elegida no
podía tomar parte en la selección; las dos restantes debatían el asunto y
aplicaban luego los ornamentos. La elegida debía inventar su estatua
aprovechando lo que le habían puesto, y el juego era así mucho m s complicado y
excitante porque a veces había alianzas contra, y la víctima se veía ataviada
con ornamentos que no le iban para nada; de su viveza dependía entonces que
inventara una buena estatua. Por lo general cuando el juego marcaba actitudes la
elegida salía bien parada pero hubo veces en que las estatuas fueron fracasos
horribles. Lo que cuento empezó vaya a saber cuándo, pero las cosas cambiaron el
día en que el primer papelito cayó del tren. Por supuesto que las actitudes y
las estatuas no eran para nosotras mismas, porque nos hubiéramos cansado en
seguida. El juego marcaba que la elegida debía colocarse al pie del talud,
saliendo de la sombra de los sauces, y esperar el tren de las dos y ocho que
venía del Tigre. A esa altura de Palermo los trenes pasan bastante r pido, y no
nos daba vergüenza hacer la estatua o la actitud. Casi no veíamos a la gente de
las ventanillas, pero con el tiempo llegamos a tener práctica y sabíamos que
algunos pasajeros esperaban vernos. Un señor de pelo blanco y anteojos de carey
sacaba la cabeza por la ventanilla y saludaba a la estatua o la actitud con el
pañuelo. Los chicos que volvían del colegio sentados en los estribos gritaban
cosas al pasar, pero algunos se quedaban serios mirándonos. En realidad la
estatua o la actitud no veía nada, por el esfuerzo de mantenerse inmóvil, pero
las otras dos bajo los sauces analizaban con gran detalle el buen éxito o la
indiferencia producidos. Fue un martes cuando cayó el papelito, al pasar el
segundo coche. Cayó muy cerca de Holanda, que ese día era la maledicencia, y
reboto hasta mí. Era un papelito muy doblado y sujeto a una tuerca. Con letra de
varón y bastante mala, decía: "Muy lindas estatuas. Viajo en la tercera
ventanilla del segundo coche, Ariel B." Nos pareció un poco seco, con todo ese
trabajo de atarle la tuerca y tirarlo, pero nos encantó. Sorteamos para saber
quién se lo quedaría, y me lo gané.. Al otro día ninguna quería jugar para poder
ver cómo era Ariel B., pero temimos que interpretara mal nuestra interrupción,
de manera que sorteamos y ganó Leticia. Nos alegramos mucho con Holanda porque
Leticia era muy buena como estatua, pobre criatura. La parálisis no se notaba
estando quieta, y ella era capaz de gestos de una enorme nobleza. Como actitudes
elegía siempre la generosidad, el sacrificio y el renunciamiento. Como estatuas
buscaba el estilo de Venus de la sala que tía Ruth llamaba la Venus del Nilo.
Por eso le elegimos ornamentos especiales para que Ariel se llevara una buena
impresión. Le pusimos un pedazo de terciopelo verde a manera de túnica, y una
corona de sauce en el pelo. Como andábamos de manga corta, el efecto griego era
grande. Leticia se ensayó un rato a la sombra, y decidimos que nosotras nos
asomaríamos también y saludaríamos a Ariel con discreción pero muy amables.
Leticia estuvo magnífica, no se le movía ni un dedo cuando llegó el tren Como no
podía girar la cabeza la echaba para atrás, juntado los brazos al cuerpo casi
como si le faltaran; aparte el verde de la túnica, era como mirar la Venus del
Nilo. En la tercera ventanilla vimos a un muchacho de rulos rubios y ojos claros
que nos hizo una gran sonrisa al descubrir que Holanda y yo lo saludábamos. El
tren se lo llevó en un segundo, pero eran las cuatro y media y todavía
discutíamos si vestía de oscuro, si llevaba corbata roja y si era odioso o
simpático. El jueves yo hice la actitud del desaliento, y recibimos otro
papelito que decía: "Las tres me gustan mucho. Ariel." Ahora él sacaba la cabeza
y un brazo por la ventanilla y nos saludaba riendo. Le calculamos dieciocho años
(seguras que no tenía más de dieciséis) y convinimos en que volvía diariamente
de algún colegio inglés. Lo más seguro de todo era el colegio inglés, no
aceptábamos un incorporado cualquiera. Se vería que Ariel era muy bien. Pasó que
Holanda tuvo la suerte increíble de ganar tres días seguidos. Superándose, hizo
las actitudes del desengaño y el latrocinio, y una estatua dificilísima de
bailarina, sosteniéndose en un pie desde que el tren entró en la curva. Al otro
día gané yo, y después de nuevo; cuando estaba haciendo la actitud del horror,
recibí casi en la nariz un papelito de Ariel que al principio no entendimos: "La
más linda es la más haragana." Leticia fue la última en darse cuenta, la vimos
que se ponía colorada y se iba a un lado, y Holanda y yo nos miramos con un poco
de rabia. Lo primero que se nos ocurrió sentenciar fue que Ariel era un idiota,
pero no podíamos decirle eso a Leticia, pobre ángel, con su sensibilidad y la
cruz que llevaba encima. Ella no dijo nada, pero pareció entender que el
papelito era suyo y se lo guardó. Ese día volvimos bastante calladas a casa, y
por la noche no jugamos juntas. En la mesa Leticia estuvo muy alegre, le
brillaban los ojos, y mamá miró una o dos veces a tía Ruth como poniéndola de
testigo de su propia alegría. En aquellos días estaban ensayando un nuevo
tratamiento fortificante para Leticia, y por lo visto era una maravilla lo bien
que le sentaba. Antes de dormirnos, Holanda y yo hablamos del asunto. No nos
molestaba el papelito de Ariel, desde un tren andando las cosas se ven como se
ven, pero nos parecía que Leticia se estaba aprovechando demasiado de su ventaja
sobre nosotras. Sabía que no le íbamos a decir nada, y que en una casa donde hay
alguien con algún defecto físico y mucho orgullo, todos juegan a ignorarlo
empezando por el enfermo, o más bien se hacen los que no saben que el otro sabe.
Pero tampoco había que exagerar y la forma en que Leticia se había portado en la
mesa, o su manera de guardarse el papelito, era demasiado. Esa noche yo volví a
soñar mis pesadillas con trenes, anduve de madrugada por enormes playas
ferroviarias cubiertas de vías llenas de empalmes, viendo a distancia las luces
rojas de locomotoras que venían, calculando con angustia si el tren pasaría a mi
izquierda, y a la vez amenazada por la posible llegada de un rápido a mi espalda
o Ä lo que era peor Ä que a último momento Uno de los trenes tomara uno de los
desvíos y se me viniera encima. Pero de mañana me olvidé porque Leticia amaneció
muy dolorida y tuvimos que ayudarla a vestirse. Nos pareció que estaba un poco
arrepentida de lo de ayer y fuimos muy buenas con ella, diciéndole que esto le
pasaba por andar demasiado, y que tal vez lo mejor sería que se quedara leyendo
en su cuarto. Ella no dijo nada pero vino a almorzar a la mesa, y a las
preguntas de mamá contestó que ya estaba muy bien y que casi no le dolía la
espalda. Se lo decía y nos miraba. Esa tarde gané yo, pero en ese momento me
vino un no sé qué y le dije a Leticia que le dejaba mi lugar, claro que sin
darle a entender por qué. Ya que el otro la prefería, que la mirara hasta
cansarse. Como el juego marcaba estatua, le elegimos cosas sencillas para no
complicarle la vida, y ella inventó una especie de princesa china, con aire
vergonzoso, mirando al suelo y juntando las manos como hacen las princesas
chinas. Cuando pasó el tren, Holanda se puso de espaldas bajo los sauces pero yo
miré y vi que Ariel no tenía ojos más que para Leticia. La siguió mirando hasta
que el tren se perdió en la curva, y Leticia estaba inmóvil y o sabía que él
acababa de mirarla así. Pero cuando vino a descansar bajo los sauces vimos que
sí sabía, y que le hubiera gustado seguir con los ornamentos toda la tarde, toda
la noche.
El miércoles sorteamos entre Holanda y yo porque Leticia nos dijo que era justo
que ella se saliera. Ganó Holanda con su suerte maldita, pero la carta de Ariel
cayó de mi lado. Cuando la levanté tuve el impulso de dársela a Leticia que no
decía nada, pero pensé que tampoco era cosa de complacerle todos los gustos, y
la abrí despacio. Ariel anunciaba que al otro día iba a bajarse en la estación
vecina y que vendría por el terraplén para charlar un rato. Todo estaba
terriblemente escrito, pero la frase final era hermosa: "Saludo a las tres
estatuas muy atentamente. " La firma parecía un garabato aunque se notaba la
personalidad.
Mientras le quitábamos los ornamentos a Holanda, Leticia me miró una o dos
veces. Yo les había leído el mensaje y nadie hizo comentarios, lo que resultaba
molesto porque al fin y al cabo Ariel iba a venir y había que pensar en esa
novedad y decidir algo. Si en casa se enteraban, o por desgracia a alguna de las
de Loza le daba por espiarnos, con lo envidiosas que eran esas enanas, seguro
que se iba a armar la meresunda. Además que era muy raro quedarnos calladas con
una cosa así, sin mirarnos casi mientras guardábamos los ornamentos y volvíamos
por la puerta blanca. Tía Ruth nos pidió a Holanda y a mí que bañáramos a José,
se llevó a Leticia para hacerle el tratamiento, y por fin pudimos desahogarnos
tranquilas. Nos parecía maravilloso que viniera Ariel, nunca habíamos tenido un
amigo así, a nuestro primo Tito no lo contábamos, un tilingo que juntaba
figuritas y creía en la primera comunión. Estábamos nerviosísimas con la
expectativa y José pagó el pato, pobre ángel. Holanda fue más valiente y sacó el
tema de Leticia. Yo no sabía que pensar, de un lado me parecía horrible que
Ariel se enterara, pero también era justo que las cosas se aclararan porque
nadie tiene por qué‚ perjudicarse a causa de otro. Lo que yo hubiera querido es
que Leticia no sufriera, bastante cruz tenía encima y ahora con el nuevo
tratamiento y tantas cosas.
A la noche mamá se extrañó de vernos tan calladas y dijo qué milagro, si nos
habían comido la lengua los ratones, después miró a tía Ruth y las dos pensaron
seguro que habíamos hecho alguna gorda y que nos remordía la conciencia. Leticia
comió muy poco y dijo que estaba dolorida, que la dejaran ir a su cuarto a leer
Rocambole. Holanda le dio el brazo aunque ella no quería mucho, y yo me puse a
tejer, que es una cosa que me viene cuando estoy nerviosa. Dos veces pensé‚ ir
al cuarto de Leticia, no me explicaba qué hacían esas dos ahí solas, pero
Holanda volvió con aire de gran importancia y se quedó a mi lado sin hablar
hasta que mamá y tía Ruth levantaron la mesa. "Ella no va a ir mañana. Escribió
una carta y dijo que si él pregunta mucho, se la demos." Entornando el bolsillo
de la blusa me hizo ver un sobre violeta. Después nos llamaron para secar los
platos, y esa noche nos dormimos casi en seguida por todas las emociones y el
cansancio de bañar a José.
Al otro día me tocó a mi salir de compras al mercado y en toda la mañana no vi a
Leticia que seguía en su cuarto. Antes que llamaran a la mesa entré un momento y
la encontré al lado de la ventana, con muchas almohadas y el tomo noveno de
Rocambole. Se veía que estaba mal, pero se puso a reír y me contó de una abeja
que no encontraba la salida y de un sueño cómico que había tenido. Yo le dije
que era una lástima que no fuera a venir a los sauces, pero me parecía tan
difícil decírselo bien. "Si querés podemos explicarle a Ariel que estabas
descompuesta", le propuse, pero ella decía que no y se quedaba callada. Yo
insistí un poco en que viniera, y al final me animé y le dije que no tuviese
miedo, poniéndole como ejemplo que el verdadero cariño no conoce barreras y
otras ideas preciosas que habíamos aprendido en El Tesoro de la Juventud, pero
era cada vez más difícil decirle nada porque ella miraba la ventana y parecía
como si fuera a ponerse a llorar. Al final me fui diciendo que mamá me
precisaba. El almuerzo duró días, y Holanda se ganó un sopapo de tía Ruth por
salpicar el mantel con tuco. Ni me acuerdo de cómo secamos los platos, de
repente Estábamos en los sauces y las dos nos abrazábamos llenas de felicidad y
nada celosas una de otra. Holanda me explicó todo lo que teníamos que decir
sobre nuestros estudios para que Ariel se llevara una buena impresión, porque
los del secundario desprecian a las chicas que no han hecho más que la primaria
y solamente estudian corte y repujado al aceite. Cuando pasó el tren de las dos
y ocho Ariel sacó los brazos con entusiasmo, y con nuestros pañuelos estampados
le hicimos señas de bienvenida. Unos veinte minutos después lo llegar por el
terraplén, y era más alto de lo que pensábamos y todo de gris. Bien no me
acuerdo de lo que hablamos al principio, él era bastante tímido a pesar de haber
venido y los papelitos, y decía cosas muy pensadas.
Casi en seguida nos elogió mucho las estatuas y las actitudes y preguntó cómo
nos llamábamos y por qué‚ faltaba la tercera. Holanda explicó que Leticia no
había podido venir, y él dijo que era una lástima y que Leticia le parecía un
nombre precioso. Después nos contó cosas del Industrial, que por desgracia no
era un colegio inglés, y quiso saber si le mostraríamos los ornamentos. Holanda
levantó la piedra y le hicimos ver las cosas. A él para la estatua oriental",
con lo que quería decir la princesa china. Nos sentamos a la sombra de un sauce
y él estaba contento pero distraído, se veía que sólo se quedaba de bien
educado. Holanda me miró dos o tres veces cuando la conversación decaía, y eso
nos hizo mucho mal a las dos, nos dio deseos de irnos o que Ariel no hubiese
venido nunca. El preguntó otra vez si Leticia estaba enferma, y Holanda me miró
y yo creí que iba a decirle, pero en cambio contestó que Leticia no había podido
venir. Con una ramita Ariel dibujaba cuerpos geométricos en la tierra, y de
cuando en cuando miraba la puerta blanca y nosotras sabíamos lo que estaba
pasando, por eso Holanda hizo bien en sacar el sobre violeta y alcanzárselo, y
él se quedó sorprendido con el sobre en la mano, después se puso muy colorado
mientras le explicábamos que eso se lo mandaba Leticia, y se guardó la carta en
el bolsillo de adentro del saco sin querer leerla delante de nosotras. Casi en
seguida dijo que había tenido un gran placer y que estaba encantado de haber
venido, pero su mano era blanda y antipática de modo que fue mejor que la visita
se acabara, aunque más tarde no hicimos más que pensar en sus ojos grises y en
esa manera triste que tenía de sonreír. También nos acordamos de cómo se había
despedido diciendo: "Hasta siempre", una forma que nunca habíamos oído en casa y
que nos pareció tan divina y poética. Todo se lo contamos a Leticia que nos
estaba esperando debajo del limonero del patio, y yo hubiese querido preguntarle qué decía su carta pero me dio no sé‚ qué‚ porque ella había cerrado el sobre
antes de confiárselo a Holanda, así que no le dije nada y solamente le contamos
cómo era Ariel y cuantas veces había preguntado por ella. Esto no era nada fácil
de decírselo porque era una cosa linda y mala a la vez, nos dábamos cuenta que
Leticia se sentía muy feliz y al mismo tiempo estaba casi llorando, hasta que
nos fuimos diciendo que tía Ruth nos precisaba y la dejamos mirando las avispas
del limonero.
Cuando íbamos a dormirnos esa noche, Holanda me dijo: "Vas a ver que mañana se
acaba el juego." Pero se equivocaba aunque no por mucho, y al otro día Leticia
nos hizo la seña convenida en el momento del postre. Nos fuimos a lavar la loza
bastante asombradas y con un poco de rabia, porque eso era una desvergüenza de
Leticia y no estaba bien. Ella nos esperaba en la puerta y casi nos morimos de
miedo cuando al llegar a los sauces vimos que sacaba del bolsillo el collar de
perlas de mamá y todos los anillos, hasta el grande con rubí de tía Ruth. Si las
de Loza espiaban y nos veían con las alhajas, seguro que mamá iba a saberlo en
seguida y que nos mataría, enanas asquerosas. Pero Leticia no estaba asustada y
dijo que si algo sucedía ella era la única responsable. "Quisiera que me dejaran
hoy a mí", agregó sin mirarnos. Nosotras sacamos en seguida los ornamentos, de
golpe queríamos ser tan buenas con Leticia, darle todos los gustos y eso que en
el fondo nos quedaba un poco de encono. Como el juego marcaba estatua, le
elegimos cosas preciosas que iban bien con las alhajas, muchas plumas de pavo
real para sujetar el pelo, una piel que de lejos parecía un zorro plateado, y un
velo rosa que ella se puso como un turbante. La vimos que pensaba, ensayando la
estatua pero sin moverse, y cuando el tren apareció en la curva fue a ponerse al
pie del talud con todas las alhajas que brillaban al sol. Levantó los brazos
como si en vez de una estatua fuera a hacer una actitud, y con las manos señaló
el cielo mientras echaba la cabeza hacia atrás (que era lo único que podía
hacer, pobre) y doblaba el cuerpo hasta darnos miedo. Nos pareció maravillosa,
la estatua más regia que había hecho nunca, y entonces vimos a Ariel que la
miraba, salido de la ventanilla la miraba solamente a ella, girando la cabeza y
mirándola sin vernos a nosotras hasta que el tren se lo llevó de golpe. No sé‚
por qué‚ las dos corrimos al mismo tiempo a sostener a Leticia que estaba con lo
ojos cerrados y grandes l grimas por toda la cara. Nos rechazó sin enojo, pero
la ayudamos a esconder las alhajas en el bolsillo, y se fue sola a casa mientras
guardábamos por última vez los ornamentos en su caja. Casi sabíamos lo que iba a
suceder, pero lo mismo al otro día fuimos las dos a los sauces, después que tía
Ruth nos exigió silencio absoluto para no molestar a Leticia que estaba dolorida
y quería dormir. Cuando llegó el tren vimos sin ninguna sorpresa la tercera
ventanilla vacía, y mientras nos sonreíamos entre aliviadas y furiosas,
imaginamos a Ariel viajando del otro lado del coche, quieto en su asiento,
mirando hacia el río con sus ojos grises.
Final del Juego, 1956.
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